Era todo un paquete de colores
"Estaba en el market y ahí le vi por primera vez. Estaba de amarillo. Era no solamente un paquete, era lo que estaba buscando por mucho tiempo. Era de todos los sentidos, se podía ver, saborear, tocar, y hasta escuchar. Su empaque se veía delicioso. Irradiaba luz por todos los sentidos, hasta por dentro. Se podía ver que estaba bien equipado, había chocolates por mil...
Lo miré tras los estantes. Lo miraba con delicadeza y malicia, quería devorarlo. El empaque no le lucía para nada, pero podía imaginar qué tanto podía devorar. De solo recordar esos pequeños pedazos de chocolate con leche revestidos de azúcar...
De pronto, detallé un poco más y me gustó, el amarillo me condujo a una especie de síndrome impulsivo, me llamó su apariencia, una atención externa guiada por un objetivo final, un objetivo emotivo. Era evidente, lo quería.
Me dirigí hasta él y como buena consumidora, lo probé... no era solo un chocolate. Mis rodillas temblaban y mi corazón latía muy fuerte no porque estuviera nerviosa, sino porque en mí había nacido algo que ya había olvidado, una atracción muy fuerte por estos placeres, que parecían mayores a mi cordura.
Poco después me di cuenta. No solo fue expuesto a baño María sino que había pasado por papel vegetal y había sido expuesto en el refrigerador. Conté sus placeres, sus calorías, sus movimientos en mi boca... expuse todo lo que pude y comencé a conocerlo.
No solo conocí su tipo de colorante, sino que supe que me haría un mal pero aún así, ahí estuve. Estuve adicta a él por cinco años, cinco miserables años donde jamás volví a olerle, ni a verle. Por ahí dicen que se consume mejor con otros chocolates, y con otro tipo de snacks.
Su colorante quedó en mí, y le agradezco, eso me ha hecho más fuerte, más fría ante los chocolates. Fue mi primera adicción. Fue mi única adicción. Ese chocolate no solo fue uno más del montón, era todo un paquete de colores."
Porque los chocolates de colores no solo son nuestros amigos, también nos hacen daño...
