Este fin de semana fue uno de los mejores durante estos meses. Tuve la impresión de quedarme dentro de una “bolita de cristal” que no quería salir de ese sitio que visité. El sitio, el mejor del mundo para recordar mi infancia, la unidad dónde crecí. El nombre es Rincón de la Arboleda, una unidad que queda al sur de Cali donde ocurrieron un sin número de experiencias, mi primer beso; mi primera borrachera; partidos de football con ventana quebrada abordo; los mejores juegos de “Escondite” y “Policías y ladrones”; mi primera caída en bicicleta, en patineta y en cuatrimoto; los primeros petardos que me tuve aguantar…
El sitio lo visité debido a que una de mis amigas más queridas se pasó a vivir en el sector nuevo de la unidad; ¡Y si que habían recuerdos!
Recuerdos que llegaron desde el primer momento en que vi la portería. Recuerdos que me volvieron a introducir en una bolita de cristal y que poco a poco hicieron que mi corazón de derritiera y quisiera subir a saludar a muchos.
Yo recuerdo una portería grande, donde los sitiales eran amplios y el portero siempre era amable. Esta vez, cuando entré, no solo se me hizo un hueco en mi estomago, sino que el portero no me conocía, y esta se volvió tan pequeña y fría, que ya era irreconocible. Las rejas siguen siendo azules, las paredes crema y la cartelera sigue estando en el mismo sitio donde la vi por última vez hace cinco años; además, la nevera sique intacta y las golosinas están puestas encima del sitial… todo como siempre ha estado. La caseta del portero no ha cambiado en nada, solo que ya tiene dos citofonos y más buzones de correo, pero hasta la puerta del baño sigue igual, raspada a la mitad.
Cuando proseguí, me sentí una niña de nuevo. Podía ver correr a mis amigos de infancia y se me aguaron los ojos. Todo seguía igual, las plantas, los árboles, las piedras, los avisos… ¡TODO! De pronto, ahí estaba, exactamente en el segundo piso de esa primera torre, el ventanal donde me paré infinidades de veces a recibir viento. Donde todas las noches alguien podía ver una pared con un estuco veneciano; pero esa noche, ese estuco, no estaba. El ventanal estaba cerrado por unas cortinas y se me fue imposible no llorar. Cerré mis ojos, y recorrí mi antiguo hogar, ¿Será que los dueños la cuidarán como mamá lo hacía?
Y a medida que entraba a la unidad, yo me metía en una bolita de cristal. La bolita de cristal que hace poco se me quebró. Esa por la que muchos me consideran fresa y superficial, esa con la que crecí y esa que muchas veces vuelven a construir para que no me descarrile. Sí, yo crecí en una bolita de cristal donde el mundo siempre fue rosa, todo era posible y hasta los sueños se hacían realidad, ¡Ah! Y no tenía que preocuparme por el dinero.
Seguí caminando por la unidad y me di contra una piscina. ¡¿QUÉ LE PASÓ A LA PISCINA?! Antes era azul, pero ahora, es como AGUAMARINA, ¡Ah! Y está cercada por unas rejas azules que no le van bien, pero que por medidas de seguridad y leyes impuestas por el gobierno, así debe estar. Y ahí estaba la mesa con el parasol, del cual alguna vez les hablé. Y ahí fue donde me comencé a sentir extraña. Triste pero feliz de poder estar ahí. Recordaba que los sábados, todos jugábamos o bailábamos o pasábamos el tiempo en la caseta de actividades… pero este sábado todo estaba desierto, y la unidad estaba fría. ¿Dónde estarían los niños?
De pronto, llegué a la entrada de la torre donde yo vivía. ¡SI QUE SIGUE IGUAL! El contador gigantesco a mano izquierda que guarda todos los contadores de la torre; de frente el extintor amarillo en su caja de metal roja; a mano derecha algunas matas; y en frente, exactamente en el balcón del segundo piso, la letra de la torre, la A. Recuerdo que desde ese contador, mi hermanita se tiró varias veces, y nunca se golpeó la cabeza.
Llegue al apartamento de mi amiga y me recibió con un abrazo y yo, con unas lágrimas. “No llores”, me dijo muy amable. Me sequé las lágrimas. La noche estuvo increíble. Nos reímos y jugamos un juego de mesa llamado “CRANIUM”. ¡QUE NOCHE! Después salimos a darle una vuelta a la unidad.
Durante la caminata por la unidad, yo contaba todo lo que se me venía a la mente, las anécdotas, los bailes de las “Spice Girls” en la caseta de actividades, las caídas de mis amigos y las mías… un montón de recuerdos rodeándome, llegando a mí y queriéndosen quedar para que yo no volviera a salir de esa burbujita. Pero la noche calló y la madrugada nos sorprendió en charlas y la hora de partir llegó. Así que partimos cada quien para su casa.
Yo dejé mi burbuja a un lado. Divisé, de nuevo, la ventana de mi antiguo apartamento, sonreí y me di cuenta que ya era hora de partir.
El sitio lo visité debido a que una de mis amigas más queridas se pasó a vivir en el sector nuevo de la unidad; ¡Y si que habían recuerdos!
Recuerdos que llegaron desde el primer momento en que vi la portería. Recuerdos que me volvieron a introducir en una bolita de cristal y que poco a poco hicieron que mi corazón de derritiera y quisiera subir a saludar a muchos.
Yo recuerdo una portería grande, donde los sitiales eran amplios y el portero siempre era amable. Esta vez, cuando entré, no solo se me hizo un hueco en mi estomago, sino que el portero no me conocía, y esta se volvió tan pequeña y fría, que ya era irreconocible. Las rejas siguen siendo azules, las paredes crema y la cartelera sigue estando en el mismo sitio donde la vi por última vez hace cinco años; además, la nevera sique intacta y las golosinas están puestas encima del sitial… todo como siempre ha estado. La caseta del portero no ha cambiado en nada, solo que ya tiene dos citofonos y más buzones de correo, pero hasta la puerta del baño sigue igual, raspada a la mitad.
Cuando proseguí, me sentí una niña de nuevo. Podía ver correr a mis amigos de infancia y se me aguaron los ojos. Todo seguía igual, las plantas, los árboles, las piedras, los avisos… ¡TODO! De pronto, ahí estaba, exactamente en el segundo piso de esa primera torre, el ventanal donde me paré infinidades de veces a recibir viento. Donde todas las noches alguien podía ver una pared con un estuco veneciano; pero esa noche, ese estuco, no estaba. El ventanal estaba cerrado por unas cortinas y se me fue imposible no llorar. Cerré mis ojos, y recorrí mi antiguo hogar, ¿Será que los dueños la cuidarán como mamá lo hacía?
Y a medida que entraba a la unidad, yo me metía en una bolita de cristal. La bolita de cristal que hace poco se me quebró. Esa por la que muchos me consideran fresa y superficial, esa con la que crecí y esa que muchas veces vuelven a construir para que no me descarrile. Sí, yo crecí en una bolita de cristal donde el mundo siempre fue rosa, todo era posible y hasta los sueños se hacían realidad, ¡Ah! Y no tenía que preocuparme por el dinero.
Seguí caminando por la unidad y me di contra una piscina. ¡¿QUÉ LE PASÓ A LA PISCINA?! Antes era azul, pero ahora, es como AGUAMARINA, ¡Ah! Y está cercada por unas rejas azules que no le van bien, pero que por medidas de seguridad y leyes impuestas por el gobierno, así debe estar. Y ahí estaba la mesa con el parasol, del cual alguna vez les hablé. Y ahí fue donde me comencé a sentir extraña. Triste pero feliz de poder estar ahí. Recordaba que los sábados, todos jugábamos o bailábamos o pasábamos el tiempo en la caseta de actividades… pero este sábado todo estaba desierto, y la unidad estaba fría. ¿Dónde estarían los niños?
De pronto, llegué a la entrada de la torre donde yo vivía. ¡SI QUE SIGUE IGUAL! El contador gigantesco a mano izquierda que guarda todos los contadores de la torre; de frente el extintor amarillo en su caja de metal roja; a mano derecha algunas matas; y en frente, exactamente en el balcón del segundo piso, la letra de la torre, la A. Recuerdo que desde ese contador, mi hermanita se tiró varias veces, y nunca se golpeó la cabeza.
Llegue al apartamento de mi amiga y me recibió con un abrazo y yo, con unas lágrimas. “No llores”, me dijo muy amable. Me sequé las lágrimas. La noche estuvo increíble. Nos reímos y jugamos un juego de mesa llamado “CRANIUM”. ¡QUE NOCHE! Después salimos a darle una vuelta a la unidad.
Durante la caminata por la unidad, yo contaba todo lo que se me venía a la mente, las anécdotas, los bailes de las “Spice Girls” en la caseta de actividades, las caídas de mis amigos y las mías… un montón de recuerdos rodeándome, llegando a mí y queriéndosen quedar para que yo no volviera a salir de esa burbujita. Pero la noche calló y la madrugada nos sorprendió en charlas y la hora de partir llegó. Así que partimos cada quien para su casa.
Yo dejé mi burbuja a un lado. Divisé, de nuevo, la ventana de mi antiguo apartamento, sonreí y me di cuenta que ya era hora de partir.
¡Ah! Y como dato curioso, a quienes recuerdan mi carro ruso, aún sigue esa mancha de aceite en el parqueadero… oops, so sorry.
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