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13 may 2015
La locura de ser mejor amigo - Parte 4
Muchas veces, Andrés había logrado escabullirse entre las sombras hacia la habitación de Inés. Lo hacía de vez en cuando. La ultima vez lo había hecho porque Inés había entrado en una crisis depresiva. Había encontrado al Hombre I besando a otra.
- ¡Imbécil ese! - Decía Inés mientras se secaba los ojos.
Esa noche, había entrado por la cocina y sigilosamente se había escabullido entre el comedor y el hall que daba a las habitaciones y -como lo hacía cada vez que no quería ser descubierto- solo tenía que abrir la puerta de la izquierda.
Esa tarde, había tantas miradas y tantas bocas que posiblemente alguna podía mirar y contar. Sin embargo, no le importó. Sentía que nada y nadie podía robarle su premio, después de todo era él quien sabía dónde estaba.
Se dirigió hacia la cocina, donde el servicio estaba preparando té negro para los visitantes que habían llegado hacía varias horas al recinto y no se les había brindado nada para tomar o comer. Uno de ellos le dio una mala cara a Andrés:
- Joven Andrés, a yo estoy muy ocupada como pa'que uste'venga a robarme el entre-día, Eche pa'juera es lo qui'a de hacer. -
Andrés tomó el camino de aquella noche y llegó a la puerta de la habitación de Inés. Tomó la perilla y comenzó a abrir la habitación cuando sintió la brisa y ese olor peculiar a niña rica. ¿Cómo era posible sentir su aroma? Sintió unos tacones venir y se apresuró a abrir la puerta. Entró silencioso y puso seguro en la chapa mientras cerraba la puerta.
Miró la habitación. Casi todo era color Fucsia, salvo por la cama, la cual se veía hecha de madera fuerte. Miró la biblioteca llena de películas. Tomó algunas y las metió a su maleta. Miró los libros y tomó Las edades de Lulú. Miró sus CDs e iba a coger algunos de Black Eyed Peas pero sonó un golpe debajo de la cama. Recordó por lo que venía. Asustado, caminó hacia esta.
Se acostó boca abajo en la cama por si era alguna rata. Ya iba a mirar debajo de esta cuando sintió una mano en su espalda. Pálido, giró su cuerpo y no logró ver nada.
- No hay una rata. Soy yo, bobito - Andrés se paró rápidamente de la cama y se sentó en ella como si la hubiera escuchado. - Sabes lo que necesito que te lleves... ¡Ayúdame antes que llegue mamá! - Andrés se paró y abrió el armario de Inés.
Buscó en los zapatos del closet, pero no encontró la caja. Así que escudriñó por todo el closet, por arriba, por abajo, a un lado, al otro pero no encontró al amigo rosa. Abrió los cajones de su mesa de noche y de su tocador pero seguía sin hallarlo... ¿Dónde estaría? Se sentó nuevamente en la cama.
Inés se le acercó por la espalda y lo abrazo. Andrés sintió una cálida brisa por su torax y el aroma de Inés se impregnó en su cuerpo. Esta vez no estaba asustado, estaba deleitado.
- Andrew.... se que no me sientes... pero ¡vamos!... Encuéntralo...-
- Te siento Inés - Inés abrió sus ojos y soltó a su mejor amigo - Sigues oliendo a splash de niña rica - Inés río.
- Es porque estás en mi habitación -
- ¿Dónde lo dejaste Inés? - Andrés sintió un pequeño golpe en la cama. Inmediatamente se agachó y vio una caja dorada. La abrió. Y ahí lo encontró. Y en ese momento lo comprendió todo.
Era él quien conocía sus más íntimos secretos. Conocía exactamente quién era ella, sus canciones, sus líricas y sobretodo, su incómoda manera de ser tan liberal. Se había convertido en el celador de lo que jamás contó, de lo que siempre sintió y de lo que negó... sólo él conocía sus verdaderas preciosidades, sus falsas vergüenzas y sus perversas maneras de ser.
Comprendió la importancia que él tenía en la vida de su mejor amiga. Era él, su mejor amigo, su confidente, su fiel alcahueta, su servidor de risas y tristezas... era su guardián de secretos. Y por eso, decidió dejar entrar una melancolía y justo ahí, logró verla.
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