14 mar 2015

La locura de ser mejor amigo - Parte 3

Entrar a su casa no fue nada fácil. Miraba de arriba a abajo la puerta de madera. Lo hizo durante 15 minutos. Decidió entrar -casi obligando a sus piernas a dar pasos menos robotizados- porque la madre de Inés abrió la puerta.

Como siempre, doña Ceci se veía refinada y fuerte de carácter. Lo miró con una sonrisa en los labios y le extendió los brazos. Andrés recibió el abrazo y doña Ceci lo invitó a seguir. Al entrar a su casa, todo el mundo hablaba del relato que él con sus ojos encharcados y su voz endeble, le había contado aquella noche a doña Ceci.

Venía muy enojado porque Inés no había llegado aquel día. Había tomado el camino que ambos transitaban para esperar el autobus que los llevaba a sus respectivas casas. De pronto, un policía le pidió que tomara otra ruta porque se había cerrado el paso. Al preguntar qué había pasado, el policía le pidió que se alejara, pero gracias a sus dotes de periodista, logró conocer la versión. Unos ladrones habían tomado algunos rehenes en la panadería que estaba en la quinta con 39 justo a una manzana de aquel lago y habían matado a uno, era una joven universitaria. Andrés se preocupó, ¿podría ser ella?

Recordó la tenacidad con que la señora había manejado todo esa misma noche. La cena, el jugo, el postre... todo lo había preparado ella tras la noticia. Sus ojos estaban encharcados, su mirada distante, pero aún así, no botó ni una lágrima. Lo miraba con ternura, con lástima, con indignación; aún así, doña Ceci jamás se rebajó a sus emociones, contrario a lo que hacía Inés.

Pensó en llamar a doña Ceci, apartarla de la multitud y le rogarle que le dejara sacar algo de la habitación de Inés que era suyo. Era totalmente suyo pues era algo que solo él sabía... y era, después de todo, su herencia, lo único que quedaría de ella.

Sabía que tenía que ser cauteloso. No podía atraer miradas ni mucho menos señalamientos. Sabía que no podía hacer preguntas tontas como lo que había pensado hacer, doña Ceci haría más preguntas y lo escoltaría a aquel recinto... ¿Qué podía decirle cuando viera aquel amigo?

Si con solo recordar como se enojaba cuando Inés llegaba a altas horas de la noche -por no decir al otro día- pasada de tragos, con su maquillaje regado, con los tacones en una mano y las llaves en la otra. O aquella vez que reprendió a Inés por hacer muecas mientras masticaba un pavo en una de las cenas de la novena navideña pasada. O qué decir de la vez en la que la vio con minifalda negra y chaqueta de cuero. Dijo con tono autoritario:

-  ¡Que moda, ni que moda!... Me hace el favor y se cambia esos harapos ¡YA! ¡Ej! Yo no estoy criando saltoncitas... ¡a ver! -

Era necesario ingresar a esa habitación. ¿Cómo ingresar a una habitación a la que a nadie se le permitía entrar? ¿Cómo obtener aquel amigo incondicional de su mejor amiga? Tantas veces que la escuchó decir que había tenido una hermosa cita sexual con su amigo rosa... ¿y ahora quién le iba a contar sus fechorías?

- ¿Recuerdas la vez que te conté mi primera experiencia? - Le susurró Inés a Andrés. Andrés sonrió al recordar su euforia de aquel día. Lo llamó por teléfono, se escuchaba agitada:

- ¡Esto es DE LO MEJOOOORRR! Lo puedo hacer a mi ritmo y la vibración ayuda mucho. -
-  Oye, oye. No me hables más del tema. ¡No necesito imaginármelo Inés! -
- ¡Deja la bobada! Uno goza mucho.... - Dijo Inés mientras reía con picardía.

Andrés sonrió y se recompuso al ver a todas las personas sentadas en el salón. Tenía que concentrarse. Recordó que solo había una manera...