11 dic 2014

La locura de ser mejor amigo - Parte 2

Ella tenía un secreto. Él lo cuidaba como si fuera su guardián.

Andrés abrió su armario. Lo miró de izquierda a derecha y derecha a izquierda.
- La camisa azul se vería muy bien para la ocasión. - Dijo Inés, quien estaba al lado de Andrés vestida de rojo. Andrés saco la camisa con un pantalón negro.
- No puedo creerlo -
- Ni yo Andrew, ni yo -

Hace unas horas, Andrés había recibido la noticia. No solo la había recibido, la había presenciado. Eso había sido la causa de su falta de sueño y su aumento de hambre. Intentaba no cerrar los ojos para evitar ver lo que había quedado guardado en su memoria.    

¿Pero cómo olvidar ese momento? Ella. Ahí, tendida en el asfalto, con una mirada distante, lágrimas en sus ojos, sus labios entre abiertos, su camisa rosa llena de orificios y justo debajo de ella, un río de sangre. ¿Quién lo habría hecho? ¿Por qué lo habrían hecho? ¿Por qué ella? Constantemente se lo había preguntado en voz alta cuando llegó a su casa.

-  Porque estaba ahí... déjate de preguntar tanta cosa y vístete que tengo que pedirte un favor. - Pero Andrés se sentó desconsolado en la cama.
- ¿Quién te hizo eso Inés? ¿Quién fue tan despiadado? - Inés se sentó en la cama de Andrés.
- Se me olvida que ya no me oyes, ni me ves... pero... ¿acaso me sientes? - Inés tocó la mejilla de Andrés. Andrés volteó su cara y tocó su mejilla. - ¡Perfecto! Te tengo una misión, ¿recuerdas aquel secreto? -

Y ahí, como si aún no se hubiese desvanecido su conexión, como si ella le estuviera hablando, como si ella estuviera moviendo las manos, Andrés recordó ese día...

Cierto día de verano y cansada de besar Impostores, Inés se encontró con Andrés para mostrarle lo que se convertiría en uno de sus compañeros incondicionales.
- ¡Y con esto voy a olvidar al hombre I! -
- Pues olvidarlo no, pero imagino que gozarás mucho -
- Eso espero - Dijo Inés poniendole las pilas. Seguidamente, prendió el aparato rosa y sintió su movimiento... - Está como para gritaaaaarrr.... - Ambos rieron - ¡No puedes decirle a nadie! - Apagó aquella herramienta.- ¡Absolutamente a nadie! ¡Haz pinky promise! - Dijo subiendo su meñique derecho.

Primero lo disfrutó mucho. Después las horas eran pocas y su hambre se tornó infinita y finalmente... recordó Andrés las exactas palabras que dijo Inés:
- Pues es que eso no es lo mismo. Hacen falta las caricias y los besos, y... no sé... el sentirse conectado con alguien... mejor dicho, no calma todas mis ganas... además, me hace añorarlo, ¿y para qué añorar personas que no lo quieren a uno? ¿Que ni siquiera lo valoraron?-
- Bueno, bueno, no hablemos más de ello - Andrés la había interrumpido.

- ¿Y bien? - Andrés parpadeó volviendo a la realidad, como si hubiera escuchado a Inés decir aquella petición. - Tienes que volver por él a mi casa antes de que lo encuentren mis papás. Tu sabes cómo es, en qué caja está y exactamente cómo lo guardo. -

Andrés miraba el espejo. Estaba solo en su habitación. No había nadie a su alrededor y aún sentía la mirada de Inés clavada en su vestir. Recordó como hablaba de sus nalgas sin mesura alguna y como le rogaba para que bajara su panza de periodista, la cual -tuvo que admitir- era por culpa del ambiente bohemio que había adquirido en el periodismo. Pero eso no era lo que le preocupaba ahora. Ahora en su cabeza solo había un tema por resolver, el consolador.

¿Por qué preocuparse por algo que ya no tenía importancia? ¿Por qué el consolador se había vuelto tan importante para él? ¡No era un buen regalo! ¿O tal vez si? Andrés sintió la necesidad de ir a casa de Inés. Tomó sus llaves y un maletín.

... Continuará .....