Eran él y ella.
Él de ojos claros y piel trigueña.
Ella de tez pálida y ojos brillantes.
Llevaban a cuestas la vida y creían que su juventud era eterna.
Era él, Andrés, un jóven con grandes ambiciones,
de buena educación y falta de filtro al hablar.
Su labor, según él, instruir a los faltos de inspiración.
Era ella, Inés, de unos veintitantos, alegre, tímida,
insegura y un tanto desvirolada.
Su labor, según ella, contar cuentos fantásticos...
Eran almas gemelas,
pero no como aquellas que se encuentran en los cuentos de hadas,
eran mejores amigos...
Él de ojos claros y piel trigueña.
Ella de tez pálida y ojos brillantes.
Llevaban a cuestas la vida y creían que su juventud era eterna.
Era él, Andrés, un jóven con grandes ambiciones,
de buena educación y falta de filtro al hablar.
Su labor, según él, instruir a los faltos de inspiración.
Era ella, Inés, de unos veintitantos, alegre, tímida,
insegura y un tanto desvirolada.
Su labor, según ella, contar cuentos fantásticos...
Eran almas gemelas,
pero no como aquellas que se encuentran en los cuentos de hadas,
eran mejores amigos...
Andrés estaba sentado en la misma banca, al lado del mismo lago de hace un año cuando se había encontrado a Inés por primera vez. Ese día, ella llevaba un sombrero con cintas azules y su vestido era fucsia. Su cabello estaba lacio, de color cenizo. Su cara le recordó a una niña de 10 años, sobretodo su nariz mocosa y sus mejillas rojas. Se había acercado a ella porque no aguantó más oír sus sollozos. Inés le dio la espalda una y otra vez mientras él buscaba su cara. Finalmente, sacó un pañuelo que guardaba de hace días en su maletín
-Mire, está toda mocosa, séquese con mi pañuelo si quiere - Inés se limpió con su mano derecha mientras le daba la cara a Andrés.
- ¿Y qué? - Andrés seguía con el pañuelo en sus manos.
- Me llamo Andrés. ¿Se encuentra bien? -
- Mucho gusto. - Dijo Inés mientras le extendía su mano llena de lágrimas y mocos. Andrés le sonrío y le tocó el hombro.
- Tome el pañuelo. Mire - Andrés empuñó su mano con el pañuelo dentro y luego la extendió - No tiene nada. No le va a pasar nada. -
- ¿Qué quiere? - Dijo Inés recibiendo el pañuelo
- ¿Qué le pasa? -
- Eso a usted no le importa. -
Inés venía caminando a pasos pequeños y rápidos. No quería ponerlo a esperar en aquel sitio. Nuevamente ¿por qué siempre ese sitio? Recordaba la primera vez que se vieron en el lago. Ella lloraba y él se había acercado a ella con un pañuelo viejo. Aun no sabía por qué se lo había recibido. Él era un muchacho de jeans y camiseta, descachalandrado, con una maleta de lona en la espalda. Recordó que fue mucho lo que él le había rogado para que le dijera por qué lloraba.
Era por ese tipo. Recién había sacado el corazón de su pecho, lo había pisado con sus zapatos caros talla 38 y finalmente lo había cogido para jugar 21. Había pasado un año ya después de aquel incidente ocurrido entre sabanas justo antes de la hora del almuerzo. No sabía como soportar a otro ser cambiante. No sabía cómo hacer para seguir adelante y confiar nuevamente en cualquiera que se le acercara. Sin embargo, no supo por qué, después de insistir tanto y haber optado por sentarse en la banca, decidió darle a Andrés lo que él quería.
- ¡El corazón me duele! -
- ¿¡Le está dando un ataque?! ¿La llevo a urgencias? - Inés río entre lágrimas.
- No. - Inés se sonó y secó sus lágrimas.
- ¿Y por qué le duele el corazón? -
- Por un tipo -
El hombre I... Recordó Andrés:
- Impostor, Injusto, Inmaduro, Imbécil, Insoportable, Insensato, Incompetente, Inexperto, Inútil, Inicuo, Incapaz, Impertinente, Irrespetuoso, Irreflexivo, Irritante, Inmundo, Infame, por el que la Inocua Inés Implora por Imponer mejoría a su corazón -
- La letra I es porque estás Indignada, ¿cierto? -
- Y además, Infortunado -
- ¿En serio? ¿O sea que seguís en una tusa por alguien que lo tiene chiquito?-
- Es que es un Insulto - Y fingió una risa malévola
La primera vez que ella había llegado con esas palabras no se veía tan mal. Esa vez llevaba una camisa blanca donde sus senos se pronunciaban aún más y unos jeans. Y habían pasado seis meses después de verse en aquel lago por primera vez. Sin embargo, ya llevaba un año de conocerla, y el hombre I era su mejor tema, sus mejores canciones, sus mejores insensateces, sus peores ratos...
Habían pasado 20 minutos y ella no llegaba. Inés no era así. Inés era soldado del tiempo y de la puntualidad. ¿Le habría pasado algo? Si le hubiera pasado algo, ella llamaría o por lo menos le haría saber. Recordó ese día en que él se había quedado dormido y ella se había escapado de dañarle el celular de tantas llamadas que le hizo. La llamó pero su celular estaba apagado. ¿Donde podría estar? La esperó sentado. La esperó de pie... esperó 20 minutos más. Inés no llegaba.
Diez minutos después, Inés llegó. Solo que esta vez su ropa estaba ensangrentada, sus piernas temblaban y su cabeza le dolía. Andrés frunció el ceño y miró su reloj. Miró fijamente a Inés pero no le dijo nada.
- Si, si, he llegado tarde. Pero, ¿no me vas a preguntar qué me pasó? - Andrés se veía preocupado. Volvió a mirar el reloj y seguía sin hablarle a Inés. Se paró de la banca y dio unos cuantos pasos y regresó a esta. Miraba el celular y no miraba a Inés. - Vamos Andrés, no me ignores. No te enojes. -
Inés se sentó al lado de su mejor amigo. Iba a tocar su rodilla pero prefirió no hacerlo. Andrés miraba a todo lado.
- Andrés, tienes que llevarme al médico, no me siento muy bien. - Pero Andrés no respondió nada. Solo se paró de la banca y caminó por donde Inés había llegado. Inés lo siguió. - Vamos Andrés, háblame. Perdóname, he llegado tarde. -
Pero Andrés caminaba y poco a poco le ignoró más, jamás la escuchó y ni siquiera supo que estaba ahí.
Era por ese tipo. Recién había sacado el corazón de su pecho, lo había pisado con sus zapatos caros talla 38 y finalmente lo había cogido para jugar 21. Había pasado un año ya después de aquel incidente ocurrido entre sabanas justo antes de la hora del almuerzo. No sabía como soportar a otro ser cambiante. No sabía cómo hacer para seguir adelante y confiar nuevamente en cualquiera que se le acercara. Sin embargo, no supo por qué, después de insistir tanto y haber optado por sentarse en la banca, decidió darle a Andrés lo que él quería.
- ¡El corazón me duele! -
- ¿¡Le está dando un ataque?! ¿La llevo a urgencias? - Inés río entre lágrimas.
- No. - Inés se sonó y secó sus lágrimas.
- ¿Y por qué le duele el corazón? -
- Por un tipo -
El hombre I... Recordó Andrés:
- Impostor, Injusto, Inmaduro, Imbécil, Insoportable, Insensato, Incompetente, Inexperto, Inútil, Inicuo, Incapaz, Impertinente, Irrespetuoso, Irreflexivo, Irritante, Inmundo, Infame, por el que la Inocua Inés Implora por Imponer mejoría a su corazón -
- La letra I es porque estás Indignada, ¿cierto? -
- Y además, Infortunado -
- ¿En serio? ¿O sea que seguís en una tusa por alguien que lo tiene chiquito?-
- Es que es un Insulto - Y fingió una risa malévola
La primera vez que ella había llegado con esas palabras no se veía tan mal. Esa vez llevaba una camisa blanca donde sus senos se pronunciaban aún más y unos jeans. Y habían pasado seis meses después de verse en aquel lago por primera vez. Sin embargo, ya llevaba un año de conocerla, y el hombre I era su mejor tema, sus mejores canciones, sus mejores insensateces, sus peores ratos...
Habían pasado 20 minutos y ella no llegaba. Inés no era así. Inés era soldado del tiempo y de la puntualidad. ¿Le habría pasado algo? Si le hubiera pasado algo, ella llamaría o por lo menos le haría saber. Recordó ese día en que él se había quedado dormido y ella se había escapado de dañarle el celular de tantas llamadas que le hizo. La llamó pero su celular estaba apagado. ¿Donde podría estar? La esperó sentado. La esperó de pie... esperó 20 minutos más. Inés no llegaba.
Diez minutos después, Inés llegó. Solo que esta vez su ropa estaba ensangrentada, sus piernas temblaban y su cabeza le dolía. Andrés frunció el ceño y miró su reloj. Miró fijamente a Inés pero no le dijo nada.
- Si, si, he llegado tarde. Pero, ¿no me vas a preguntar qué me pasó? - Andrés se veía preocupado. Volvió a mirar el reloj y seguía sin hablarle a Inés. Se paró de la banca y dio unos cuantos pasos y regresó a esta. Miraba el celular y no miraba a Inés. - Vamos Andrés, no me ignores. No te enojes. -
Inés se sentó al lado de su mejor amigo. Iba a tocar su rodilla pero prefirió no hacerlo. Andrés miraba a todo lado.
- Andrés, tienes que llevarme al médico, no me siento muy bien. - Pero Andrés no respondió nada. Solo se paró de la banca y caminó por donde Inés había llegado. Inés lo siguió. - Vamos Andrés, háblame. Perdóname, he llegado tarde. -
Pero Andrés caminaba y poco a poco le ignoró más, jamás la escuchó y ni siquiera supo que estaba ahí.